El reloj marcaba apenas las 19:00 horas cuando el sonido de la radio irrumpió en la calma habitual de la Dirección de Bomberos. Un reporte urgente: “Incendio en contenedor de basura, avenida Constituyentes entre 67A y 69”. Alguien mencionaba que todo habría comenzado por unas bombitas encendidas.
A esa hora, la luz del día cedía lentamente, y el humo que empezaba a levantarse se mezclaba con el viento fresco de la tarde. Al llegar al punto, la primera imagen era clara: la unidad de Tránsito 2012 ya estaba ahí. Los agentes, sin esperar refuerzos, habían empezado a combatir las llamas con lo que tenían a la mano. El fuego crepitaba dentro del contenedor, iluminando la calle con un resplandor anaranjado que hacía notar la urgencia.
Poco después, llegó la unidad de Bomberos. Con movimientos rápidos y coordinados, los elementos tomaron el control de la situación. El chorro de agua impactó de lleno la base del contenedor, levantando vapor y cenizas que viajaron por el aire antes de desaparecer. No era un incendio grande, pero sí peligroso: a un costado, los transformadores de la Comisión Federal de Electricidad hacían del escenario un riesgo latente.
Mientras el fuego cedía, la historia detrás del incendio comenzó a tomar forma. Vecinos comentaban que alguien había arrojado restos de carbón encendido dentro del contenedor. El calor atrapado entre los residuos hizo el resto: en cuestión de minutos, la chispa se había convertido en un pequeño foco de riesgo para toda la cuadra.
Tras varios minutos de maniobras, los bomberos dieron por concluida la labor. El contenedor humeaba todavía, pero ya sin amenaza. La calle recuperó su silencio habitual, interrumpido solo por el murmullo de quienes observaban desde las banquetas.
Una vez más, entre la rutina y lo inesperado, los bomberos y agentes de tránsito demostraron que los incendios más pequeños pueden volverse grandes si no se actúa a tiempo. Aquella noche, la rapidez evitó que la chispa se volviera tragedia.






