La vida suele tener giros tan dolorosos como inesperados. Esta mañana, una mujer salió de su casa para ir a trabajar como cualquier día, sin saber que no volvería a cruzar la puerta de su hogar.
Laboraba en la cocina y cafetería del CONALEP-Chetumal. Según cuentan sus compañeras, desde hacía unos días se sentía mal de salud, pero aun así seguía cumpliendo con sus tareas, con esa entrega silenciosa que tienen quienes saben que su trabajo es necesario para los demás.
Hoy, en medio de esa rutina, su corazón se detuvo. Paramédicos acudieron al plantel, pero ya no había nada por hacer: confirmaron que no contaba con signos vitales. La noticia heló el ambiente. Los estudiantes fueron retirados, las autoridades iniciaron los trámites, y en los pasillos quedó un silencio pesado, lleno de incredulidad y tristeza.
De manera oficial, se informó que los tarjetones de identificación del personal cuentan también con pólizas de seguro, lo que permitirá a la familia recibir el apoyo correspondiente en este difícil momento, aunque nada compense la pérdida de un ser querido.
Se fue trabajando, sin despedidas, dejando a sus seres queridos con la herida más profunda: la de esperar su regreso y enfrentarse a la realidad de que ya no volverá.
La vida es incierta y, a veces, cruelmente frágil. Lo que parece un día cualquiera puede convertirse en la última página de una historia. Hoy, en el CONALEP, no solo se apagó una vida; también quedó la lección amarga de lo breve y vulnerable que es nuestro andar.






