En el tablero político de Quintana Roo, hay quienes buscan la visibilidad a toda costa y quienes construyen su poder con discreción, precisión y paciencia. Cristina Torres, expresidenta municipal de Playa del Carmen por el PAN y actualmente una de las figuras clave en el Estado como secretaria de gobierno, pertenece sin duda a este segundo grupo. Astuta, inteligente y con una firmeza que ha demostrado a lo largo de su carrera, Torres se perfila sin necesidad de despliegues ruidosos ni gestos mediáticos. Cada aparición suya, cada imagen compartida, es medida, calculada, como la de quien conoce el valor de la observación estratégica.
Contrastando con su estilo, Diego Castañón parece empeñado en construir su proyección mediante gestos visibles: convenios firmados con municipios vecinos, despliegues de recursos millonarios, movilización de adeptos y espectáculos políticos que buscan reconocimiento inmediato. Sin embargo, bajo esta aparente actividad, se percibe una ingenuidad estratégica: cada acción, cada aplauso, cada foto destinada a mostrar poder, es cuidadosamente observada por quienes saben leer más allá del escenario.
Allí, entre firmas y actos mediáticos, Cristina Torres permanece serena. Como una jugadora experta que analiza cada movimiento del tablero, observa cómo los gestos de otros generan efectos que, indirectamente, consolidan su propia imagen y posicionamiento político. No necesita protagonizar la escena: deja que el ruido de quienes se agitan a su alrededor revele la inexperiencia de algunos y fortalezca la credibilidad de quien sabe esperar.
El contraste es evidente: mientras Diego despliega recursos, gestos y ceremonias, Torres acumula experiencia, estrategia y capital político sin que nadie lo perciba. Esta diferencia demuestra que, en la política de Quintana Roo, no siempre quien más se mueve tiene la última palabra. La verdadera fuerza radica en la paciencia, la observación atenta y la capacidad de interpretar cada acción ajena como una oportunidad. Y en este juego, la astucia silenciosa puede definir el rumbo del futuro político del estado, dejando que los apresurados se exhiban mientras los estratégicos consolidan su poder.






