Elizabeth Martínez tenía 22 años. Una edad en la que muchos apenas comienzan a imaginar su futuro, a hacer planes, a soñar en grande. Ella también soñaba, pero decidió que su camino sería distinto: eligió servir a México desde la Guardia Nacional.
Su nombre hoy no debería perderse entre cifras ni comunicados. Porque no es un dato, es una vida. Una joven con ilusiones, con una familia que la vio partir con orgullo, con amigos que conocían su sonrisa y su determinación. Una muchacha que cambió la comodidad por el deber, convencida de que podía aportar algo positivo a su país.
Detrás del uniforme había una historia sencilla y valiente. Había abrazos pendientes, metas por cumplir y conversaciones que ya no podrán darse. Su ausencia deja un silencio profundo en su hogar, un espacio vacío en la mesa, una herida que no entiende de discursos ni de estadísticas.
Elizabeth representa a tantos jóvenes que, aun con miedo, deciden dar un paso al frente. Su memoria no debe quedarse solo en palabras solemnes, sino en el reconocimiento de que fue una hija, una amiga, una mexicana que asumió con responsabilidad el compromiso de proteger a otros.
Hoy su nombre se pronuncia con tristeza, pero también con respeto. Que su recuerdo permanezca como símbolo de entrega y amor por su nación.
Honor a su vocación y valentía.





