El nombre de Alejandra Gómez, una adolescente de apenas 15 años, hoy resuena con dolor e indignación en la sociedad tulumnense. Su vida pende de un hilo tras recibir múltiples d1sp3ros en un hecho que desnuda la crudeza de la vi0l3ncia en un municipio que, lejos de consolidarse como destino seguro y confiable, se desmorona en manos de la delincu3nci4 y su gobierno.
De acuerdo con las primeras versiones, Alejandra fue priv4da de la libertad por dos hombres que la obligaron a subir a un taxi con emblemas del sindicato “Tiburones del Caribe”, la llevaron a consumir alcohol y drogas, y posteriormente la abandonaron en un paraje cercano al relleno sanitario de Tulum, donde fue agredida a b4l4zos. Vecinos de la zona, alertados por gritos de auxilio, dieron aviso a las autoridades.
Cuando fue localizada, la menor presentaba al menos varios impactos de 4rm4 de fu4go en abdomen, brazos, piernas y pecho. Paramédicos la trasladaron de emergencia al Hospital IMSS Bienestar de Playa del Carmen, donde permanece en estado crítico, luchando entre la vida y la muerte.
La Fiscalía General del Estado (FGE) abrió una carpeta de investigación por tentativa de f3minicidi0 y privación ilegal de la libertad, pero hasta el momento no se reportan detenidos, lo que incrementa el clima de desconfianza y enojo ciudadano.
Este hecho se suma a la lista de tragedias que evidencian a ese polo turístico donde ya no hay garantías de seguridad. Apenas meses atrás, otra jovencita de la comunidad maya de Santa Rosa, en Felipe Carrillo Puerto, también fue víctima de la delincuencia en Tulum. Historias que, lejos de ser aisladas, se vuelven síntomas de un municipio que se ha convertido en un territorio hostil para su propia gente.
La pregunta es inevitable: ¿qué se espera de un polo turístico que se muere? Mientras la imagen internacional de Tulum se promociona como un destino de ensueño, sus habitantes y ahora, sus adolescentes padecen la ausencia de protección. La vi0l3ncia no distingue ni edad ni género, y la indiferencia institucional parece normalizar lo que debería indignar a todos.
Alejandra, una niña con sueños truncados, hoy lucha por sobrevivir. Su caso debería ser un parteaguas, un grito que despierte a la sociedad y a las autoridades. Porque un municipio que no protege a su niñez, está condenado a perder no solo el turismo, sino también su dignidad y su futuro.






