Punch casi no pesa. Es apenas un bebé. Pero desde que llegó al mundo carga algo que ningún recién nacido debería sentir: el vacío.
Nació el 26 de julio de 2025 y, en cuestión de días, su madre lo rechazó. Sin el calor que abriga, sin el cuerpo que protege, el pequeño macaco japonés quedó solo en un entorno que no entiende de ausencias. Su destino cambió y terminó bajo el resguardo de los cuidadores del Zoológico y Jardín Botánico de Ichikawa, donde comenzaron a alimentarlo con biberón y a vigilar cada uno de sus movimientos para asegurarse de que sobreviviera.
Pero hay cosas que no se resuelven con leche ni con supervisión médica.
Punch necesitaba contacto. Necesitaba un abrazo.
Y lo encontró en algo que no respira.
Un peluche con forma de orangután se convirtió en su única certeza. Desde entonces, duerme aferrado a él, lo aprieta contra su pecho diminuto y lo carga como si temiera perderlo. Cuando algo lo asusta, lo busca. Cuando descansa, lo abraza. Como si en ese trozo de tela pudiera inventar el cariño que le faltó.
Las imágenes que circulan son tiernas, sí… pero también duelen. Porque detrás de cada fotografía hay un bebé intentando llenar un hueco que debería haber ocupado su madre.
Los cuidadores explican que estos “objetos de apego” funcionan como sustitutos emocionales, similares a las mantas o juguetes que consuelan a los bebés humanos. Pero en el caso de Punch, ese muñeco no es un capricho: es su refugio contra la soledad.
En semanas recientes, ha comenzado a acercarse tímidamente a otros monos. Incluso un adulto lo acicaló por primera vez, un gesto que en el mundo de los primates significa aceptación. Es una pequeña luz en medio de una historia marcada por la ausencia.
Aun así, cada noche, Punch vuelve a lo mismo: se acurruca contra su peluche, como si todavía necesitara convencerse de que no está completamente solo.
Porque a veces, el mayor peso no se ve.
Y cabe en los brazos de un bebé que solo quería ser abrazado.






